Ernesto Vásquez: El interés por lo público

"El interés por lo público siempre ha de traer asociado el bien común como destino, superando los legítimos intereses individuales".

Más allá de las anécdotas o los censurables insultos sexistas —que, increíblemente, en el fondo buscan zaherir a la mujer que ha traído al mundo al Ministro de Hacienda—, bien vale darse unos minutos para reflexionar sobre la actividad pública, aquello que los romanos llamaban la res publica. Etimológicamente hablando es el origen de lo que llamamos "república" y una visión más amplia refiere aquella con las labores de la política y las actividades generales de gobernar. En esa ruta, también los griegos, dieron en elevar a la categoría de relevancia social, la política como el arte del ejercicio del bien común, por sobre el bien individual. Tan importante es aquello que para regular las acciones de quienes participan en política y de los integrantes de la comunidad, se estructura un sistema jurídico cuya norma fundacional es la Constitución Política de la República.

Una de las directrices que ha de establecer la Carta Magna es que —siguiendo a Aristóteles— el marco de un Estado sólido debe sustentarse con la igualdad de los individuos frente a la Ley. En esto, Sófocles era más radical y afirmaba —no sin acierto— que el único sino de un Estado donde existe la impunidad respecto de la insolencia y el libertinaje, es hundirse en el abismo.

El interés por lo público siempre ha de traer asociado el bien común como destino, superando los legítimos intereses individuales de los ciudadanos, colocándose en el centro de la realidad el bienestar del país y de la comunidad en su caso.

El ser humano —se ha dicho— normalmente promete en el susto y no paga en el gusto. Y el chileno, en particular, es hijo del rigor; sólo adora los derechos y desdeña los deberes. Siempre el malhechor o el sinvergüenza buscarán argumentos banales para no cumplir con sus obligaciones y con la ley. Existen ejemplos diarios de aquello: saltarse la fila, no pagar sus cuentas, buscar un pituto, cambiar la amistocracia por la meritocracia. Ello ocurre en lo público y en lo privado. Sin embargo, no debemos sólo observar el vaso medio vacío. Existen muchos funcionarios que aman su trabajo y honran su labor de servicio público. Son aquellos los que atienden con alegría y con una sonrisa a sus conciudadanos, los que están dispuestos a dar la vida por el respeto del derecho y por la patria, los que ven en sus roles no un privilegio, sino una carga positiva.

Aquellos, que son la gran mayoría, merecen obviamente que tengan sus salarios un justo reajuste, pues es la retribución legítima para quien ejecuta su labor, con alegría y compromiso, donde no existe espacio para la coprolalia, sólo para la gratitud y el servicio.

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