Opinión

"La sonrisa de los fantasmas" Luis Cordero

Columna publicada en La Segunda el 15 de mayo de 2017.

"Como sostenía Montaigne, la conciencia, a falta de testigos, declara contra nosotros mismos".

Días atrás se conoció que el Partido Socialista (PS) gestiona su patrimonio —obtenido mayoritariamente de las indemnizaciones que recibieron por los bienes que les fueron requisados por la dictadura— por medio de inversiones en el mercado de capitales, en el que ha obtenido respetables ganancias. Aunque éste era un hecho conocido desde hace al menos seis años, esta vez las explicaciones han sido difíciles, porque se hizo público que algunas de las empresas en las que se realizaron esas inversiones han estado vinculadas al financiamiento irregular de la política, y porque ha existido una torpe reacción pública de la dirigencia del PS, que hizo evidente el temor a sus fantasmas.

Desde un punto de vista institucional, el PS ha sido parte de los gestores de la modernización social, económica y cultural de nuestro país tras el fin de la dictadura, tanto que dos de sus símbolos, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, demostraron que la centroizquierda podía gobernar responsablemente y actuar en la economía en términos pragmáticos, sin renunciar a su programa político para la corrección de las desigualdades. Parte de ese pragmatismo lo llevó también a la administración de sus finanzas. A diferencia de otras colectividades, el PS decidió invertir sus recursos y financiar sus actividades ' con los dividendos de dichas inversiones, lo que ' implicó que el partido fuera de los menos vulnerables a la influencia directa de los grupos económicos en el financiamiento partidario, porque había diseñado un sistema idóneo de administración de sus dineros.

Sin embargo, desde que se hizo conocida la noticia, la dirigencia socialista se ha dedicado a dar explicaciones como si estuviese avergonzada de su responsabilidad institucional y financiera. Es como si Freud se hubiese apoderado de ellos; como si el progreso cultural que ayudaron a construir durante estos años hubiese elevado sus sentimientos de culpa. Los mismos que, al parecer, los llevaron a abandonar a Ricardo Lagos y su candidatura presidencial, porque de alguna manera los logros de su gobierno eran parte de ese fantasma capitalista con rostro humano frente al cual no había orgullo, sino malestar.

La derecha, por su parte, no lo ha hecho nada mejor. Se ha dedicado a sostener que el PS carece de legitimidad ética para criticar los conflictos de interés e incluso algunos líderes de ese sector han sugerido que esto es producto de un "robo". Con estas intervenciones, y como si fuera una conjura de fantasmas, demuestran una vez más su torpeza, porque en vez de ensalzar la "derrota cultural" que representa para la izquierda la administración "capitalista" de su patrimonio, ha terminado por revelar el peor de sus espantos: las relaciones impropias entre dinero y política; porque, como sostenía Montaigne, la conciencia, a falta de testigos, declara contra nosotros mismos.

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