Columnas de opinión

"Meritocracia y educación"
Pablo Aguayo

Carta al director enviada por el profesor del Departamento de Ciencias del Derecho, publicada el 13 de enero de 2019 en diario El Mercurio.

Me gustaría partir esta carta citando al filósofo norteamericano John Rawls. En su libro "A Theory of Justice" sostuvo lo siguiente: "La voluntad para hacer un esfuerzo, para intentarlo, y por tanto ser merecedor del éxito en el sentido ordinario, depende de la felicidad de la familia y de las circunstancias sociales".

Ambas condiciones son claramente inmerecidas, es decir, nadie puede atribuirse mérito alguno porque tuvo la suerte de nacer en una familia que lo apoyara y motivara para alcanzar sus metas, ni menos atribuirse mérito por haberse educado en un colegio que le ofreció las herramientas para llevar adelante de manera exitosa su vida. Asimismo, algo de insensatez habría en atribuirse mérito alguno por el nivel de inteligencia que la naturaleza le ha dado. Sumadas estas condiciones, y salvo que uno se sienta como Mr. Bounderby de la novela "Hard Times", es decir, un orgulloso self-made man, es difícil pensar que nuestros logros son atribuibles exclusivamente a nuestro esfuerzo.

Más que una tesis empírica, dicha afirmación es parte de una ideología en la que el éxito individual descansa en el esfuerzo individual, y este último es algo que parece depender exclusivamente de nuestro empeño. Lo peor de esta tesis es que se presenta como un principio de justicia social para distribuir posiciones sociales. Así, los que más se esfuerzan deberían poder ocupar las posiciones sociales más apetecidas. Pero como en la novela de Michael Young "The Rise of the Meritocracy", escrita en 1958, el resultado de una sociedad meritocrática no es una mayor justicia social, sino una sociedad con enormes desigualdades en la que su única justificación proviene de la necesidad de generar incentivos y garantizar la eficiencia en la productividad laboral; una sociedad en la que no se eliminan los privilegios heredados, puesto que los más talentosos, una vez en el poder, se aseguran de que sus descendientes continúen perteneciendo a las élites a través de sistemas de herencia pecuniaria, educacional y genética. No por nada cuando Bourdieu trató estos temas subtituló su libro "La elección de los elegidos".

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